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Protocolo para mentir



Las personas lo observaban detonadas de emoción, con euforia, como queriendo demostrar un desproporcionado cariño; agitaban sus brazos frenéticamente, arqueaban sus ojos, hacían todas las muecas posibles contagiadas por sus pares. Todos en la misma.
La noche estaba fría – muy fría -  pero el calor del momento contradecía las costumbres del invierno, que estaba ahí, afuera, suspendido entre gordas nubes negras.
Cada una de las personas dentro de la casa, se forzaba por demostrar espontaneidad, él no entendía nada y – naturalmente -  tenía miedo. Justo la noche anterior, abrazado a sus rodillas, aburrido luego de finalizar una acalorada batalla ficticia entre sus muñecos de acción, había estado pensando bastante en serio sobre lo que actualmente ocurría en su vida. La soledad era hace tiempo su terreno de juego, y en su casa (que no es lo mismo que hogar) los acontecimientos lo obligaban  a tomar decisiones complejas. Algunas dudas le cerraban el pecho. Sus pensamientos se contradecían y eso era atormentador, pero finalmente la noche lo dormía, acariciándole el pelo con ayuda del viento. Aquello le gustaba mucho…
            Las personas lo asfixiaban con su embriaguez, todos mantenían el seño fruncido forzadamente, como en transe, como si de repente todos fuesen una especie de Gregorio Samsa a punto de chillar y transformarse en un asqueroso cascarudo. Coreaban una canción monótona y vacía, todos juntos, unidos, como nunca antes se los había podido ver. Era evidente que esas mismas personas en otro contexto no tenían ni un carajo en común, más allá del odio mutuo que sentía uno por el otro. Y aquel momento surrealista parecía eterno: una escena constituida por muchas personas sonrientes, que ovacionaban a Alan de manera muy sobre actuada, con la dureza de un autómata. Y sus ojos eran así, como de muñecos, totalmente vacíos pero dueños de una paradójica atracción, esa que se genera sobre el fino hilo que separa a lo real de lo fantástico. De repente, una mano de largas uñas rojas y un sinfín de pulseras metálicas colgadas en la muñeca, le tomaba las mejillas a Alan como en cámara lenta, en medio del tremendo ruido de cantos, gritos y aplausos discordantes. Un flash capturaba para siempre aquel momento sintético, lo hacía inmortal. El mismo flash alumbró la cara de Alan, dándole por ese segundo a su perfil una oscuridad muy particular, perfecta. Todo era muy deprimente. El jovencito era víctima de la mentira explícita. La mentira forma parte de lo que conocemos por realidad, existe, por lo tanto cuando esta presente sencillamente se percibe, se nota. Un nuevo flash encandilaba la vivienda. Los murmullos llegaban a su punto más alto; silbidos, el cántico en cadena que no terminaba, risas que sobresalían del ruido dominante, voces finas, voces gruesas. Contadas personas estaban calladas con la cabeza baja. Quizá eran sus padres, o algún otro que asumiera la culpa por aquel horroroso momento. Más aplausos. Más gritos. Más bullicio y todo, alrededor de un pequeño cuerpo, inmóvil y hermoso.
            Él lo intento, pero su pecho no sabía regular los sentimientos que por él se presentaban. Sonrió con los dientes apretados y muchos nervios. Dejó caer una lágrima de la que nadie se percató. Intentó imaginarse en la ventana de su dormitorio solo, jugando son su imaginación, y con el entrecortado aliento que aún sostenía, apago las siete velas en su torta de cumpleaños.
Por un rato quiso no existir, pero su inocencia no le permitió ahogarse en ese pensamiento. Levantó la cabeza y con fuerza y algo de humor natural gritó fuerte y erguido:

¡¡¡Están todos muertos!!!

            Claro está que - como siempre - nadie lo escuchó y todo siguió su curso natural. Solo los culpables de aquel infierno entendieron el mensaje, pero de todos modos hicieron lo de siempre, se secaron las mejillas, clavaron en su rostro una sonrisa, y se apuraron en ir a repartir la torta. Así, como lo dicta el protocolo. Como lo marca - ¡y no entiende por que! – el ya devaluado sentido común. Alan a esa altura, no tenía ni un poco de apetito. 
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El relato infinito*



El techo a esas horas de la noche mientras el frío merodeaba la casa, se transformaba repentinamente en una hoja totalmente en blanco. Cuatro ojos expresivos se clavaban en él, felices, la piel se erizaba de emoción entre las ásperas sabanas. La consigna implícita era viajar con la mente a un lugar totalmente posible. La imaginación en aquellos tiempos era mi mejor amiga, compartíamos demasiado, sí que estábamos preparados. Ahí estábamos con mi abuelo a la hora de dormir, él por construirme un relato, yo por asimilar e interpretar detalles de personajes y aventuras maravillosas; apenas volver a ese recuerdo, hace que mi corazón - inquieto pedazo de carne – distorsione su ritmo. En fin, el techo comenzaba a dibujarse por si solo, las palabras se hacían gigantes y actuaban, se movían lentamente por toda la habitación mientras la oscuridad observaba entretenida. La puntual pronunciación de algunos fragmentos me dejaba inquieto por saber los desenlaces; hijo de una nueva era, buscaba lo inmediato hasta que recordaba gozar de los instantes, todo merito del narrador. Los tópicos recorrían algunas historias bíblicas, sobre todo de personajes secundarios faltos de popularidad: como tal o cual santo había conseguido ser eterno por sus acciones y peripecias. Cuando las historias eran de este tipo llegábamos a cimas de emoción importantes dado a los contextos de los personajes, las vestimentas, los modos, que eran muy románticos, grandilocuentes, al borde del grotesco pero nunca de la deformidad; ya el color del cielo en ese tipo de narraciones parece ser distinto, como más brilloso, y así todo. Visto a la distancia parece perturbador, pero mi manera de digerir todo aquello era natural y conciente, podía soportarlo. Muchas veces me contaba sus anécdotas de cuando era niño, y de toda su vida. De cuando cruzaba desde su país de nacimiento, Argentina, en bote con todos sus compañeros de “A orillas del Plata” su orquesta típica. Los cuadros en el techo se volvían blanco y negro: en esas instancias estaba nutriéndome de hechos reales ocurridos a quien emitía las palabras que construían el relato, el dejo de realismo en cada fonema era dramático  - nunca trágico - siempre calmo y aplomado. Overoles, historias de amor. Pobreza. Retratos de la dignidad. Todo se dibujaba en el techo mientras yo capturaba, asimilaba, retenía, preguntaba, escuchaba, repreguntaba, quedaba conforme. Nuevas oraciones, nuevas escenas, cuando el momento se tornaba intenso ya podía descansar en mis construcciones imaginarias. No miento si digo que lograba estar ubicado en un contexto determinado, a su vez imaginando situaciones que en él ocurrían. Delineaba el perfil de los personajes al punto de conocerlos, meterme en sus pieles, y desde allí filtrar todo lo demás. Nunca quería que aquello se terminara, pero los finales son inevitables y eso es también una lección. Un hombre debe vivir y llegar a su propia cima, pero sin dejar de ser exquisito en la construcción del desenlace de su propia historia. Mi abuelo lograba eso: felices o tristes, siempre sus finales dejaban puertas abiertas que los hacían infinitos, como la obra de arte que a un hombre puede trascenderlo de su propio tiempo y espacio. Y también así se despidió mi abuelo, dejando una puerta abierta y enseñanzas variopintas, todas camufladas en una historia real – real para quien así la sienta – listas para ser halladas y dejarnos su conocimiento. Quizá todavía sigo metido en una de sus historias, lo cierto es que cada uno es su propio creador. La idea tiene que ser buena, si, digna de desarrollar. Pero sin dudas esta en la forma de plantarla donde se hace la diferencia. Al pensar en la muerte me pregunto de que tanto nos preocupamos, tenemos la cabeza y un corazón para sentir. Narremos nuestras historias con total expresión y libertad, demos a la intención su real valor. Centrémonos en ir desarrollando los acontecimientos con pasión, clavando de reojo y por algunos segundos la mirada en la meta lejana que capaz todavía no se ve. Pero no perdamos el tiempo pensando en el final, cada instante debe ser una foto perfecta: por donde cortemos, la historia de vida debería tener un buen final, o al menos un mensaje, que luego la intención terminará de encaminar. Es en busca del relato perfecto que el hombre se pasa las horas. Mi abuelo Luís lo consiguió, y además de otras muchas cosas, me enseño a pensar. Este es un capítulo perdido, apenas un mágico instante dentro de un libro que todavía no existe, pero que cualquiera puede retomar. La vida sigue corriendo allí afuera y los personajes demandan acción. Ojala todos quedemos conformes y tranquilos cuando desde otro lugar recorramos las páginas de nuestra existencia. Hoy la única y excitante opción es seguir creándonos a nosotros mismo- ¡vaya entretenimiento para pasar la vida! – hasta conseguir el mejor desenlace para el relato infinito. Infinito, como algunos seres que andan por ahí.


*Hace un tiempo que Factotum no se actualizaba. Una de las cosas que pasaron en ese lapso fue haber sufrido la pérdida física de mi abuelo, Luis. Como primer reflejo escribí algo que a la distancia resultó ser triste y demasiado personal, por lo tanto no lo publique ni tampoco lo haré. De todos modos, sabía que la vuelta al Underbar sería en su memoria. Así que me descanse en unos de mis recuerdos favoritos, y aproveche para desviarme un poco. Ahí voy…
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Tiro



Tiro mis días desde la incomodidad del hogar, paciente, como debe de malgastarse el tiempo, con la cabeza mal apoyada contra una silla, de la que ya estoy arto y aburrido. Tiro mis días con la espalda pegada a las baldosas, sintiendo el frío, mientras comienza con apuros “Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Move Your Chair” de los Artic Monkeys al mismo tiempo que giro la cara y pienso “que sonido están arrancando estos botijas de sus guitarras” para luego volver a descansar el ojo en un rincón del techo.
Tiro mis días y aplasto sus colillas contra el cenicero de vidrio azul, quemado en su base, el que tengo siempre a la distancia perfecta del brazo estirado, sobre el piso, haciéndome compañía mientras tiro mis días, ¡BANG BANG!, directo al pecho de mi alma.
Tiro a tiro, tiro mis días. Tiro mis días rezongando con el sol, la mañana, el golpe del día cuando todavía es temprano y el reloj esta en cero; veo pasar a las personas mientras con la punta de mis dedos y un cigarrillo colgando a medias de mi boca, tiro mis días como cartas, desparramadas por el piso que siempre me encuentra, bajo la mesa y la escalera, sobre los discos, tapando los libros en un rincón, entre portarretratos y botellas.
Tiro mis días para escucharlos girar con el sonido del agua en la porcelana blanca, lisa, limpia como las venas, como los hospitales, y mientras dan vueltas y vueltas solo me atrevo a observar, memorizo cada estúpido día para inmediatamente olvidarlo, dejarlo ir por el agujero roto de la memoria.
Tiro mis días y continúo leyendo, y no es por azar que los tiro para arriba sabiendo que luego me terminan cayendo encima, verlos caer de reojo mientras me pierdo en “El País de las Últimas Cosas” de P.Auster, en sus descripciones exactas de cómo el mundo se resquebrajará en porciones toscas y absurdas, hasta dejarnos encerrados en una isla, en la que comienzan a caerse las paredes que protegen a nuestra cordura; tiro mis días y los veo rebotar por los costados pero sonrío, sin apartar mi mirada de las páginas.
Tiro mis días y me busco en otros lugares, nuevos mundos misteriosos de los que esconden perlas dignas de traer a la superficie, ya que por ahí se mueve este asunto: mientras tiro mis días nunca suelto del cráneo la esperanza de prescindir de todo lo supuestamente necesario, tiro mis días para luego salir a buscarlos, sobrevolando la ciudad por la noche como un ave extravagante de enormes alas, con la intención de vengarse hasta del menos doloroso de sus peores momentos, devorarlos, sin la carga de un millón de días de miseria y desamor.
Tiro mis días por que se quien soy, tiro mis días pero se donde encontrarlos: todos y cada uno tiene su perla escondida, aunque algunos buenos vendedores intenten demostrarnos que no tiene valor.
Tiro mis días aún en paralelo al  suelo, en esta oportunidad con la cabeza debajo de los parlantes que cuelgan de la pared, un pie sobre el sillón, y un porro bastante grande bien apretado entre los labios, aunque cambié el desnudo por una camisa y ahora leo a J.D. Salinger, la barba ya no existe y en los ojos llevo un dejo de felicidad; si bien todavía siento que no es el momento, tiro mis días aunque a menor velocidad y los ubico sobre una pila ordenada que ahora estoy controlando, para que cuando vengan a buscarme no me tomen por sorpresa y sepan, que desde la primera calada onda los estoy esperando.
Tiro mis días, ¡BANG BANG!, pero iré por todos ellos.
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Quiebra noche

        
          El ambiente en aquella cueva era muy caluroso, húmedo y sofocado de personas bailando en medio del humo, destellos de luz y el bajo perverso de una canción electrónica confusa y agresiva; Javier avanzaba por entre los cuerpos mirando rostros desconocidos en las intermitencias de un flash peleador, que hacia que las personas parecieran bestias en plena metamorfosis, sacudiéndose y gozando una danza en medio de la que algunos desvanecían, al mismo tiempo en que otros saltaban hasta lo alto con la mirada onda en medio de la locura imperiosa. Personas de lente, personas desnudas; mujeres con pelucas de plástico, vestidas de colores brillantes, sudando, rozándose y delirando en medio de un mar de seres insólitos; hombres hundiéndose en el alcohol, con corbatas, botines, polleras, remeras lumínicas, clavando sus miradas en los bárbaros que los rodeaban con claras intenciones de exprimirlos hasta la deshidratación, por el solo hecho de sentirse los dueños del momento. Javier no deparó demasiado en aquello; solo reposaba su atención por algunos segundos sobre todo lo que allí ocurría. Sabía que no era la clase de lugares que le gustaban, pero los tormentos de un presente fugaz lo terminaron encontrando en medio de una discoteca postmoderna. No era momento para buscar explicaciones, sino todo lo contrario. Después de tragarse desesperado un Jack Daniel’s doble a un lado de la barra, dio el vaso fuerte contra el mostrador y penetro al medio de la pista con total insolencia.  
            La música no había cambiado mucho, al menos para el oído de Javier. Éste saltaba con las manos desordenadas en medio de la muchedumbre. Por un momento experimento la sensación de pertenencia a un grupo determinado, pero fue solo por un momento. Las miradas que parecían distraídas, deparaban en él con algo de vanidad, como odiando desde lo profundo la realidad de un hombre supuestamente feliz, satisfecho, que en realidad estaba solo y en plena búsqueda de su equilibrio. De un momento al otro una joven evidentemente menor que él se conecto con su forma de bailar y trato de ser simétrica con los movimientos de Javier. La cabeza del muchacho estaba en cualquier pensamiento perdido, hasta que se vio conectado con la chica, que desde unos centímetros debajo de su mirada, proponía un juego peligroso. Las piernas se entrechocaban constantemente, pero ninguno lo notaba; sus cabelleras estaban despeinadas y la chica decidió tomarlo del cuello para manejar los movimientos de la pareja. Javier ya totalmente fuera de sí mismo, gozo profundamente el calor de la situación frenética, dejando caer su cabeza hacia atrás para sonreír levemente mirando para el techo. Los besos en el cuello, cortesía de su compañera de baile, cedieron al momento en que la música llego a una cima impensada y ambos comenzaron a saltar con los ojos duros de frente al flash, viendo a todos desde lo alto, planeando sobre un ambiente agobiante que por minutos se parecía al limbo. Con la mirada desenfocada y el sudor deslizándose por la espalda, Javier tomo del rostro a la menuda chica que se prendió de sus labios con cruda brutalidad. El beso era rabioso. Al ritmo de melodías electrocutadas, ambos cuerpos se fusionaron; ella lo tomaba del cuello de la camisa con ambas manos, mientras el se perdía en su cintura recorriendo con ambas manos el contorno de aquel ángel oscuro.
Con la misma brutalidad y falta de racionalidad, Javier se desprendió de aquellos labios para caer en el piso debido a un mal movimiento. El piso de la pista estaba ensangrentado, y después de tocarse los labios entendió el porqué. El golpe contra el piso fue tan duro que despejo sus ideas todas y de una sola vez, encontrándose tirado en medio de bestias del infierno que volvían a mirarlo como echándolo del lugar. Javier reacomodó su ropaje, corroboró la presencia de sus pertenencias en cada bolsillo, y se dispuso a salir lo mas rápido posible, como escapando de si mismo, de su estado, de las consecuencias de su desencajada vida.
            Al salir afuera, el frió lo abrazo hasta penetrar los poros. El primer impulso fue prender un cigarrillo, así que pidió fuego a una pareja de hombres vestidos de rosa que se tocaban en la salida. Después de algunas caladas hondas, descargó un par de insultos a la pareja de muchachos, que intentaban convencerlo a gritos de compartir una habitación en algún rancio hotel de por esa zona. En la esquina sintió estallar una botella en sus talones, pero siquiera intento girar la cabeza. Después de encontrar un lugar donde sentarse a pensar y suspirar al fin, un mensaje de texto llegó a su celular. Uno de sus amigos colegas escribía para avisar a Javier sobre la trasnochada y sorpresiva publicación de uno de sus textos en una revista de tirada nocturna. La idea ahora era dar con uno de esos ejemplares y celebrarlos con una cerveza, lo más lejos posible de ese antro apestoso del que ya estaba a casi un kilómetro. Antes de ir a lo de Mario, el revistero sonámbulo de su barrio, la parada era obvia en Factotum, donde luego de invitar una bebida a una mujerzuela, entre charlas y caladas, amaneció con el ruido de los autos y el zumbar de los ómnibus – ya repletos, ya invadidos – que volvían a nuestro protagonista a su eje, indicándole que aquella nueva jornada estaba otra vez en marcha.
El sol rasgaba el pavimento mientras los transeúntes coreografiaban sobre las veredas la danza de la capital. Javier salio largando humo calle abajo. Un nuevo día ofrecía una nueva oportunidad, esta vez, con una publicación en la calle, y una sonrisa casi invisible clavada sobre la mejilla. Algo le aseguraba que ese sería el día en que comenzaría su propia revolución.



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UN FLASH





En UN FLASH informativo de Canal 10, hablando oportunamente del partido clásico a disputarse el próximo domingo, Jorge Bocage (AUF) daba detalles sobre el ya taquillero evento policial a celebrase en los redores del Estadio Centenario. El “operativo policial”.
“Como primera medida entregaremos tres cuartos de la tribuna Olímpica a la parcialidad de Peñarol teniendo en cuenta el detalle de que son en esta oportunidad locatarios. Por otra parte se continúa manejando la idea de adelantar la hora del encuentro; todos conocemos esa necesidad rabiosa que existe entre los hinchas radicales de consumir rancias botellas de vino suelto en las esquinas de cada barrio antes del partido, las cervezas importadas de los pendejos de pocitos y el perfume plastificado de las pipas ardientes en los asentamientos de la periferia menos pudiente. Adelantando una hora el encuentro pretendemos que sigan de largo desde el viernes, cosa de encajarse un par de porros el domingo temprano y bajar hasta el estadio.
Pero lo que aún no confirmamos* y consideramos fundamental para el éxito en este nuevo operativo de clásico, es la presencia de veintidós bebés para que ingresen en brazos de los jugadores, como símbolo de nuestras intenciones y de la propia fiesta futbolera. Admitimos que nos falta confirmar un par de críos todavía, pero otros ya estarían a nuestra disposición, con particulares condiciones en algunos casos, como por ejemplo los pedidos “que Lembo no mire fijamente a los ojos de mi hijo”, “que Pacheco no se apoye mi bebe en el pecho que esta frío” o “¿podría mi niño ser cargado por el Cristian.U de Peñarol, Aguiar?”.
Dejando de lado los detalles irrelevantes, y orando por un resultado positivo en nuestro plan de acción, invitamos a las parcialidades a que disfruten del evento de nuestro fútbol nacional, con mucha paz en los corazones y aire rico en los pulmones”.
            Coloridas medidas las elegidas por los representantes de Nacional y Peñarol, la AUF y la propia policía a la hora de prevenir posibles despelotes en masa entre dos de las hinchadas más grandes del mundo. Particularmente divertida la que habla del ingreso de los jugadores cargando bebes en sus brazos aludiendo al amor por la vida, la paz y la tolerancia en sociedad. También es válido convenir, que mas entrado este camino en el futuro de nuestro fútbol, consiguiendo humanos de temprana edad para enternecer a los hinchas de cada cuadro (tribunas repletas de desacatados con la euforia en el techo de la mente), podemos predecir sin apuros que en algún momento veremos a veintidós embarazadas de la mano de los futbolistas, o lo que es mas extraño aún, veremos por VTV a los veintidós jugadores sacándose una foto separados entre sí por camas de plaza y media, en las que cuarenta y cuatro personas (hombre y mujer) tienen sexo desenfrenado hasta llegar al limbo del coito, a reconocerse por un enorme ”AAAAHHH!!!” que da por terminado el “símbolo de vida” representado en post de la no violencia en el deporte. Buenos momentos nos esperan, queridos y fieles lectores; solo esperemos estar cámara en mano en ese instante, para retratar el futuro, que ya anda por acá...      
           


*Aunque parezca mentira – y como única nota del autor en el medio de las citadas declaraciones – este punto es el mas textual del texto.
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Nauseabundo verano en casa



Hay un medigo que vive hace unos días en la puerta del edificio en el que vivo, duerme en un colchón de espuma amarilla y todo lo hace desde allí. Bebe, come, duerme, agoniza. Todo lo hace frente a la puerta de mi edificio, en el que esta mi apartamento justo en lo mas alto del mismo. Debo admitir que en algunos cuelgues eh salido a observarlo desde el balcón mientras me hago preguntas con a mente perdida. Pero no es simpático llegar de una agotadora tarde de trabajo, y recibir de lleno esos aromas fermentados sobre el pavimento caliente, lo rancio de la ropa, el olor a orina concentrada en el colchón de mala muerte. Hasta que hoy, cuando doble la esquina lo vi parado frente a la puerta, tanteando los timbres, como anulado, totalmente ido, lamentablemente parado sobre sus pies descansos; en el momento en que lo enfrente para entrar a mi casa, comenzó el intercambio de palabras que fue tan decadentemente gracioso:

- Con su permiso maestro, que tengo que entrar a mi casa – le dije como a las apuradas, como parte del trámite para entrar de una vez.
- ¿Te puedo pedir un favor? – me dijo de sopetón como para ir al grano. Yo me crucé de brazos, y dejando atrás mi cansancio y saturación por la oficina le dije que sí, que lo escuchaba.  
- Joven tengo hambre, tengo sed, el agua que tengo esta muy caliente y no como nada desde... ya no me acuerdo. Por favor, quiero comida. No tomo agua desde hace... ya no recuerdo. Y también me gustaría comer algo. Tengo tanta sed.
- Bien señor – le respondí sintiéndome el dueño de todas las verdades, de las soluciones al universo, como si tener algo para comer y agua fría me convertía en el hombre del siglo. – Espere desde su colchón que yo en quince minutos bajo con lo que me pide.
- Bueno, claro, lo espero, yo estoy acá, yo me estoy quedando por acá y... – el mendigo se quedo hablando solo mientras yo subía para mi guarida.

            En la heladera tenia algo de pastas y se las recalenté con algo de salsa, salsa nueva y en su máximo esplendor. Llené una bandeja con los fideos y después de llenar una botella de agua fría, baje con la viandita.

- Sírvase señor, en este momento tenía para darle, puede que mañana no sea así, usted sabrá comprender...  – el linyera intentaba acomodarse en el colchón como no entendiendo nada, como si la información le llegara tardísimo a al cerebro para el proceso de razonamiento.
- ¡Pero joven! ¡Dios lo bendiga y lo reproduzca! – me respondió con una mueca indefinida en el rostro, siempre con la mirada ida y los pensamientos mas allá de la razón.

            Por un rato me sentí bien, no desbordado ni nada parecido, pero sentí esa pequeña acción como algo fuera de lo normal en mi rutina de perdedor. Recuerdo que después de sus últimas palabras le dije buen provecho y volví para el apartamento.
            A las horas baje para irme al centro de la ciudad, y encontré el colchón vacío con una enorme plasta de materia fecal a uno de sus costados. Retuve la respiración hasta haber caminado más de media cuadra, siempre hago eso cuando no quiero sentir un olor desagradable. Pero no  pude creer que el muy hijo de su puta madre haya defecado en la puerta de mi casa, a las pocas horas de mi buena acción, y encima (casi de forma irónica) sobre la bandejita en la que había llevado la comida.

- Si la última frase que dijo el linyera se hace realidad – pensé - el mundo se va a llenar de pelotudos. Dios os bendiga.

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Out put


    
    Hace no mucho tiempo hablando con un amigo llegamos a la conclusión de que para mi bien como ser terrestre (WTF!) debería ponerme mas en acción, subirme al mundo, salir del oscuro pozo de los pensamientos negativos. Y fue un poco en función de ese plan que después de mucho tiempo encerrado en mí mismo, el pasado sábado fuimos a un bolichón estándar en el centro de la ciudad; las zapatillas lamentables de siempre, remerita con mensaje ideológico (con todo no se puede), algo de dinero y a la calle. estaba preparado para lo que fuera, extrañamente no estaba preocupado por tener que reírme de comentarios sin sentido, no me importaba obligar un gesto amable frente a conocidos que no me interesan, por lo tanto la idea era que todo se desarrollara en son de paz. Y lo curioso, querido lector, es que así fue.
    Ya avanzada la noche, mis dos amigos y yo atravesamos el boliche como cien veces, como vemos que lo hacen, esquivando patéticos perreos, vómitos con alas, gordas desenfrenadas y viejos calientes al asecho de pendejas acaloradas; todo muy normal, hasta que tantee mi bolsillo y encontré el ticket para consumir que venía con la entrada. Fue ahí cuando me dispuse a ir por el décimo whisky de la noche. El comienzo del fin.
Mirando hacia el techo (¿como queriendo escapar?) y pensando en nada me puse a la espera de mi whisky, mientras me ventilaba con las manos por la alta temperatura de allí dentro. De repente y casi a la velocidad de la luz, una señorita muy producida para la ocasión se puso totalmente delante de mí, me tapó, me hizo una cortina humana que me separaba a de la barra. ella muy entendida y con el ticket en la mano, se dispuso a esperar su turno ignorando mi presencia y pisoteando mis derecho que estaban ya por el piso (y me disculpo por lo exagerado de la descripción, pero es que a esa hora y bajo ese contexto, con Wisin & Yandel sonando al punto de la saturación, todo parece mas grandilocuente). "Calma muchachito", me dije en silencio intentando no ser tan egocéntrico con mis ideas y buscando la manera de no caer en la de siempre; gritar mis principios a costa de lo que sea. Por lo tanto, luego de peinar mi cabellera con la propia transpiración, me dirigí hacia la señorita ocupa y le dije: "Disculpas, serías tan amable de cambiarme este papelito por un whisky con hielo, por favor". Mis ojos estaban despejados, supongo que mi rostro no lucía tan deformado al pronunciar aquellas palabras. Tampoco estaba tan drogado como para expresarme de forma zigzagueante, por lo hasta me sentí orgulloso de caretear tanto la situación, en busca de mi nuevo yo. Pero ella respondió: "¿No podes cambiártelo por tus propios medios?"; al decir aquello la joven me clavó los ojos en la frente. No reparé demasiado en el desorden facial que tenia la chica, solo lo suficiente como para decir que asustaba, pero eso no me importaba; lo que mas importante de ese instante, fue que olvide por completo los escrúpulos aunque sin perder el tacto para el dialogo controlado. "Solo te preguntaba por que yo estaba primero, como tú te me adelantaste, te lo pido a ti". Si bien mi cara sostenía la cordura, quienes me conocen podrían haber percibido en mi mirada un toque de ironía, sarcasmo y burla: lo admito.
La muchacha, la antihéroe del bolichón reggaetonero, mientras miraba a su amiga como diciéndole "mira com garco a este pendejo", me respondió: "¿Nunca te dijeron que las damas van primero?". Y es aquí donde (al menos unas líneas mas) me quiero detener.Por supuesto, muñeca, que me enseñaron que las damas van primero. Eso ya lo dejo claro. El tema es el contexto. El tema es la situación. ¡Quería simplemente un fucking whisky y hasta me hice un lugar para ello entre la multitud, y esperé, y transpiré, y frené mis animales impulsos naturales para conseguirlo! ¿Qué me venís con un "las damas primero" en el ojo de un aglomerado de gente que se entrechoca, se huele, se toca y perrea? Si por pensar esto debo sentirme un ser abiótico en el mundo, debo confesar que aveces me siento peor que eso, y sin embargo sigo respirando. Pero vallamos hora a mi espontánea y sutil respuesta: "me enseñaron, sí, que las damas van primero, me lo enseño mi padre, y a el se lo enseño mi abuelo, quien trabajaba todo el día mientras mi abuela se encargaba de educar a los niños y mantener la casa. ¿No has escuchado hablar sobre la igualdad de género? ¿No eres una más en la búsqueda de la igualdad entre el hombre y la mujer?". Pronunciada esta última palabra y viendo la cara perpleja de la muchacha, terminé agregando: "Sea lo que sea, esta es la parte en la que uno termina cediendo. Adelante..."
    No tengo idea que habrá hecho la muchacha, realmente mi único anhelo era dar con el maldito whisky  para irme con los pibes. la cosa es que encontré otro lugar en la barra, bastante apartado y alejado de quienes atienden: pero conseguí mi whisky desde allí. Mientras me metía en la masa observé como la chica de la disputa seguía esperando por su bebida. "Extraña noche la de hoy", pensé".
    Lo bueno es que al menos salí de mi guarida por un largo rato acompañado de buenas personas. Amigos de siempre. Fue un fin de semana de los que quiero más , por que me di cuenta que la acción también existe por fuera de mi caparazón. Debo confesar que lo estaba olvidando.
Esta historia terminó el domingo. Jugaban en el Centenario el gran Club Nacional de Fútbol contra Danubio Fútbol Club, el cuadro de Jardines del Hipódromo. Fui a la cancha totalmente solo, y me ubique en la parte alta de la tribuna Colombes. Ya con la mirada rojiza y un cigarrillo entre los labios, me quede con los ojos cerrados durante algunos minutos, sintiendo la brisa y escuchando las telas de las banderas, minutos antes de que comenzara el partido. La Banda del Parque estaba de fiesta bajo un hermoso sol de primavera. El placer penetraba por los poros hasta encaminarse por las venas. La gente estaba feliz, así que me sumé al sentimiento reinante. No había motivos para sentirse mal. Aquella multitud estaba a pleno, nadie recordaba sus problemas, no podía mejorar esa sublime situación. Hasta que nos fuimos del estadio ganando dos a uno, con dos jugadores de menos y un motivo para sonreír durante toda la semana...
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Nena duele


- No tengo idea de que es lo que quiero para mi vida – decía Clara antes de morder una galletita de miel.
- Pero vamos niña, has de conocer tu futuro próximo y lo digo casi sin dudas. ¿Qué no tienes pensado que es lo que comerás al llegar a tu apartamento? – le respondía Carlos con la boca llena de humo y la frente algo humedecida.
- Esta galletita sabe muy rico, la miel es gustosa. Esa es mi respuesta. – Clara acomodaba el escote de su vestido blanco con lunares diminutos, para luego pasar al cabello. Apretó un par de orquillas y observó a Carlos. Éste tenía los ojos clavados en el juego de brillos del agua del río. Ella, siendo fiel a su condición de adorable señorita, puso las manos en el mentón de Carlos y enfoco sus ojos con los de él. Después abrocho la situación con algunas palabras que desviarían el rumbo total de la tarde:
- No me gusta predecir el mañana en medio de un hoy que en pocas horas otra vez será ayer. En lugar de rutina, mi día esta compuesto por cosas que hacer. Ahora mi plan, es besarte hasta que el sol se destruya en el agua. Deja de preocuparte. Vamos, convida esos labios…



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Latinoamérica al poder
















   Vistos los últimos acontecimientos televisivos, invadidos para bien por banderas de colores, nombres de capitales, apellidos característicos y  latiguillos culturales, varias reflexiones salen a flote como cayendo desde la repisa del sentido común. El mundial de football deja flotando en vista de todos, una situación global de clisés colectivos y comportamientos continentales, que son un documento actualizado y hasta algo desdibujado de la realidad misma. Pero descansar conclusiones desde lo que filtra la TV, es siempre perverso y jamás recomendable por más que los noticieros quieran sugerir otra cosa.
   El aspecto que mas nos interesa  y cultiva del momento futbolero que atraviesa la hora universal, es esa presencia que ocupan los países latinoamericanos a todo nivel, comenzando por supuesto desde el centro mismo del campo de juego.
Al día de hoy, dos países (Uruguay y Argentina) ya forman parte de los ocho mejores equipos del mundo: en pocas horas otro de los latinoamericanos (Paraguay) puede acceder a dicha lista, y en aún menos horas dos grandes del continente en cuestión (Brasil y Chile) se disputarán (en el mejor de los casos de acuerdo a los resultados) el cuarto lugar dentro de las ocho estrellas del balonpié del planeta tierra. ¡Que bonito!, pero listo, la emoción se termina ahí. Y ahora sí, el relleno de la reflexión.
   Ya es hora de que los caminantes de América del Sur comiencen a observar hacia abajo: las miradas se pierden en el cielo y las ideas se dispersan, los ciudadanos de la gran región aún no asumen la unión evidente que los somete desde el inicio del todo, cuando Dios presionó su grotesco dedo contra el gigantesco play intergaláctico. Me interesa aclarar justo a esta altura del texto, que soy muy conciente de lo ineficaz que es la excusa para incursionar sobre este tema, pero bueno, casi nunca sé por que estúpido camino llegar a casa después de una noche zigzagueante (aplíquese esto hoy a mi literatura).
   Lo dijeron las letras de la ya evaporada banda A.N.I.M.A.L de Argentina. Dicha banda se caracterizó siempre por sus letras sobre problemas autóctonos, enfatizando en la unión de los poderes con la naturaleza como único interés plural: “La unión hace la fuerza, el respeto ayuda, a salvar diferencias que a menudo ensucia. Puede ser un comienzo, una piedra rodando, para hacer avalancha arrasando al paso. En el fin del siglo la esperanza proclama que los hombres protejan a esta tierra sagrada. Donde el diablo a metido, tantas veces la cola, ya es tiempo latinos, de ordenar las cosa juntos. Por el  poder latino. Ya se siente esta llegando...” Varias mentes ya vienen pujando para conseguir ese sentimiento latinoamericano que evidentemente es complejo y luce extremadamente alejado se las posibilidades, que hoy por hoy son urgentes. Nombrar a Eduardo Galeano como vocero pluricultural sería ilustrativo y básico, pero así y todo nadie amplifica sus pensamientos con demasiado entusiasmo: decir  que leímos “Las venas abiertas de América Latina” es querer formar parte del zumbido social  y sentirse conciente del problema, pero pocos  elaboran a partir de lo que plantea la obra. Y no me refiero, dulce y espero poco susceptible lector, a ti como persona ni nada parecido. Por el contrario, mi interés es identificar en nuestra identidad esa porción que naturalmente le debemos a nuestro contexto geográfico. Ser latinoamericanos no es ser asiáticos. La aldea que no aloja sobrepasa esta pantalla, las paredes de las casas, los horizontes y las fronteras. Será realmente imposible gestar un sentimiento mundial, mientras que nos enfrentamos a nosotros mismos, le cortamos el puente al país vecino, imponemos trabas legales a las personas extranjeras que caminan por nuestras calles, atentamos contra las embajadas enemigas y lo peor de todos, alimentamos a un sistema militar por que, ¡por favor!, no valla a ser que el pedazo de tierra que esta al lado del nuestro nos intente lastimar y nosotros no tengamos las granadas a mano.
   Resulta bastante difícil hablar por fuera de nuestra esfera, teniendo en cuenta que ésta es más gigante de lo que pensamos. Y digo esto, por que afirmar que todos estamos dentro de la misma puede hacer que muchos lectores radicales escupan en este momento la pantalla del monitor. Ya lo eh dicho. El poder está en nuestra historia. Los antecedentes de Latinoamérica reflejan conceptos valiosamente reiterativos: unión, fuerza, cautela, perfección, divinidad, amor. Indios que ponían al sol en el centro de la admiración, rituales, música y armonía mental. Comunicación ambiental y reconocimiento a la interconexión de las cosas. Lenguajes culturales. Sentimientos de amor por lo que nos hace ser quien somos. Hoy parece que el mundial quiere decirnos algo que todos vemos pero nadie celebra. Pero no te ofendas, respetado y valiosísimo lector. Yo también siento que mis gritos no cambian el curso del viento. Solo nos queda mirar para adentro y olvidarnos de lo demás. El mundial es una mentira. Pero hasta de ellas se aprende.
   Latinoamérica y su poder serán
siempre una fuente de valor para quienes la identifiquen como tal. No olvidemos
que nosotros no fuimos los que cruzamos: ellos vivieron desde lo lejos y nos encandilaron
son sus espejillos (muy bonitos, por cierto).
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Enjoy the noise



           Desde este lado de la habitación, en el que mis piernas se encuentran paralelas al suelo, y mi nuca descansa sobre la incomodidad de mi encorvada cama, todo se derrite y se descompone. La música para colgados se dispara desde el equipo en el escritorio de mi cuarto, y los acordes deambulan con libertad por entre las líneas invisibles que entretejen los espacios de mi guarida, y se fusionan, y se liberan, y se estrellan contra las paredes, y las manchan de paisajes espaciales. Giro mi cabeza bruscamente hacia un lado de la cama, y vomito la cena, que fue poca y de mala calidad. Seco mi boca con las sabanas, y continúo mi placentera agonía.
            Ya con el reflejo del techo en la retina de mis ojos, mi cerebro comienza a caminar por entre los callejones del pensamiento, tomando de referencia lo táctil de la realidad. Analizo sin apuros la anatomía de mi cuerpo, bajo una mirada incómoda de mi cabeza mal apoyada. Veo mi pecho, y percibo que un gas de brillantes tonos verdes sobrevuela por encima. Mi pecho esta intoxicado, y mis poros ya no se preocupan por aguantar a las sustancias bajo custodia permanente. Mas abajo, mi calzoncillo luce tan neutro y opaco como siempre. No me preocupa: la comodidad que otorga lo agrio al ser humano, es incomparable; no existe mejor lecho de supervivencia que la mugre propia de nuestra mismísima estructura. Continúo la pasiva tarea de describir la carcasa del espíritu, y me topo con los coquetos bellos que se manifiestan por mis tobillos. Dejando a un lado el estúpido debate mental de si mis bellos son abundantes o si mis piernas son demasiado flacas, movilizo lentamente los dedos de mis pies, para comprobar que cada señal emitida desde mi cerebro, se refleja en los movimientos que ejecuto: uñas de tamaño estándar, bellos sobre la parte superior de mis empeines, talones delicados y plantas planas y lisas: estoy frente a las características mas fieles a mi descendencia; mis pies hablan mejor de mí, que yo mismo.
            Vuelvo a girar mi cabeza hacia la improvisada zona de vómitos, y vuelvo a liberar impurezas a las que amo identificar: en este caso, se trataba directamente de las mil cervezas de aquella noche (todo era agua, flujos, olor a cebada). Retomo la actividad, pero esta vez, tomando como método la holgazanería que dominaba en el momento posterior a la segunda lanzada: debido a mi actual posición sobre el colchón, con la cabeza colgante hacia uno de los lados, las piernas cruzadas e inclinadas hacia el borde más próximo de la cama, las sábanas en el piso y el torso desnudo, comienzo a dibujar caminos con mis dedos en los fluidos estomacales estancados en el piso, mientras observo las venas exaltadas de mi brazo derecho. Con toda seguridad por aquellos conductos, el alcohol se deslizaría a una velocidad interesante, ya que mis ojos, estaban comenzando a nublarse, desdibujándome la percepción de la habitación, de mi cuerpo, de mi alma.
            Coloqué lo que quedaba de mis fuerzas en cada uno de mis brazos, y me cambie de lugar muy desganadamente: giré de tal modo, que ahora la cabecera de mi cama estaba siendo ocupada por mis extremidades inferiores. Todo giraba. El espejo, la guitarra, el ropero y los calcetines abandonados bajo mi mesa de luz; se movían, derretían, se descomponían y volvían a quedar en su posición inicial. Los parlantes colgantes de la pared opuesta a la cama, estaban cada vez mas cerca de explotar, y con ellos, la pared, el suelo, el techo y los ceniceros. La música gritaba, no se detenía: decrecía, se agigantaba en mis oídos, mutaba en colores, se tornaba estrellitas de vidrio, y se colaba por mis narices.
             La situación, era comparable con una calesita gris, oscura, en el que payasos malintencionados reían sin razón, y lloraban sangre al mismo tiempo.
            Y para coronar el momento con las guirnaldas del oportunismo, me senté sobre las tablas acolchonadas de mi refugio de sabanas caídas, rasque mi cabeza, y a los pocos segundos de apoyar la espalda contra la pared con un cigarrillo entre los dedos, incliné mi boca hacia delante, y vomite por tercera vez todo el veneno consumido en aquellos días de guerrilla por la identidad. Que placer. El volumen aumento mágicamente, pero esta vez salía el sol por entre las violas hechizadas de los Buenos Muchachos. Nada más sublime, que despegar desde la cama hacia horizontes lejanos, en mi cuarto aislado, disfrutando del caos.


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